No abundan los textos orteguianos dedicados a la música. Sin embargo, algunas de sus reflexiones más enjundiosas sobre el arte parten del hecho musical, ya sea como excusa o como pretexto, para elevarse enseguida hacia consideraciones estéticas de rango más general. El caso es que "La deshumanización del arte"(1925), uno de los ensayos clave de Ortega para comprender las líneas fundamentales de su estética sociológica, hunde sus raíces en "Musicalia", un artículo publicado en 1921 que luego pasaría a formar parte del tercer volumen de "El espectador". El propio Ortega, al comienzo de "La deshumanización del arte", remite a ese breve artículo que vio la luz tan sólo unos pocos años antes. Y en efecto, "Musicalia" contiene, ya sea en germen, casi todas las ideas que habrían de ser en él desarrolladas.
El comienzo de "Musicalia" llegó a hacerse célebre en el Madrid de los primeros años veinte: "El público de los conciertos sigue aplaudiendo frenéticamente a Mendelssohn y continúa siseando a Debussy"1. Pero más interesante, y acaso más justificada, resulta la contraposición que se presenta a continuación entre Wagner y Debussy: "Al cabo de cuarenta años, la gente se ha resuelto a aplaudir a Wagner, y este invierno el Teatro Real apenas si ha podido contener el fervor wagneriano de la grey melómana. Siempre pasa lo mismo. Ha sido preciso que la música de Wagner deje de ser nueva, que se evapore gran parte de su virtud y vernal sugestión, que sus óperas se hayan convertido bajo la usura del tiempo en unos tristes pedagógicos paisajes de tratado de Geología –rocas, flora gigante, saurios, grandes salvajes rubios-, para que la muchedumbre crea llegada la ocasión de conmoverse con ella. ¿Acontecerá lo propio con Debussy?" La respuesta es inmediata y contundente. La impopularidad de Debussy no se debe a su novedad sino a su sustancia. "Hay músicas, hay versos, cuadros, ideas científicas, actitudes morales, condenadas a conservar ante las muchedumbres una irremediable virginidad"2.
Esa impopularidad característica del arte nuevo no es coyuntural ni queda explicada por la natural reticencia de las mayorías hacia la novedad. Se trata más bien de razones estructurales. Ortega identifica el gusto musical burgués con el romanticismo y el realismo, dos estéticas hermanas nacidas de los ideales democráticos. En música, considera que tanto la música de Wagner como la Beethoven, son paradigmas de estéticas caducas. Enfrente están Debussy y Stravinsky, como emblemas de la nueva música. De igual modo que Verlaine o Monet llegarán siempre a menos gente que Víctor Hugo o Meissonier, la nueva música lleva inscrita en su génesis una vocación minoritaria.
1 JOSÉ ORTEGA Y GASSET. Musicalia. Obras Completas. Tomo II. Alianza editorial- Revista de Occidente. Madrid, 1983. Pag. 235
|