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         Ortega publicó "La deshumanización del arte" en 1925. Ese mismo año, en el que murieron Antonio Maura y Pablo Iglesias, Chaplin estrenaba "La quimera del oro" y  Einsestein, "El acorazado Potemkin", mientras Ernesto Halffter daba a conocer su "Sinfonietta". Una año antes se había conocido el Primer manifiesto surrealista, y en los años inmediatamente anteriores, se habían publicado "Luces de Bohemia" de Valle-Inclán, "El cementerio marino" de Paul Valery, "Seis personajes en busca de autor" de Pirandello, "La tierra baldía" de Elliot , "Ulises" de Joyce y "La montaña mágica" de Thomas Mann. En España, Ortega se asentaba en su papel de líder intelectual de una generación que no podía estancarse en el regeracionismo al uso, y se esforzaba en superar las limitaciones de los modernistas de segunda hornada, para acceder a unos ideales más universales y acordes con los nuevos tiempos.

Ese "filósofo que comprendía a los poetas", según la expresión de Ramón Gómez de la Serna, hacía de la crítica literaria una labor de guía para los nuevos escritores y convertía sus escritos de estética en una referencia inexcusable –destinada al apoyo o al rechazo- para toda la generación aún llamada del 27 y para las vanguardias históricas. Pero no sólo eso. Ortega se acerca a la literatura con propósito de penetrar en la psicología cultural de un momento histórico, con el afán de entender España, de revitalizarla cultural  y políticamente, y de integrarla en un contexto europeo del que se siente, con razón, conocedor privilegiado. Su actividad política no está desgajada en modo alguno de su preocupación intelectual.

            Las profundas discrepancias entre Ortega y Juan Ramón Jiménez no empañaron una admiración recíproca y algunas coincidencias fundamentales. Finalmente, también Juan Ramón terminó por comprender que los nuevos tiempos exigían una regeneración que no podía limitarse a una moda estética contrapuesta al realismo, ya que debía abarcar todas las esferas del saber. Era necesario romper con el intimismo subjetivista propio del modernismo en aras de un necesario afán de universalidad. La verdad estética no se entiende si no es también verdad histórica, consciente y deudora de las perspectivas que le aportan todos los campos humanísticos y científicos. Tal como ha visto Luis de Llera, "El tema de nuestro tiempo", "La deshumanización del arte" y "La rebelión de las masas" son tres partes del mismo libro, tres perspectivas diferentes (la filosófica, la estética y la sociológica) para pensar los mismos contenidos.